Entre beso y beso se va deshojando la lluvia de los
cristales que cubren los sentimientos cómplices. Donde tú y yo nos encontramos tumbados sobre el lecho de la discreción, vestidos con sabanas de suspiros, bordadas con aromas purpureas de sugerencias…
El sol rehace el concierto, eclipsando con acordes de tango
las últimas gotas de agua que aún penden de las hojas de los cristales. Mientras
vamos recobrando la cordura, como si nunca hubiéramos estado cohabitando, con el
deseo de unos torsos desnudos arrastrados por la pasión…
Por amplias razones, la crueldad del destino nos prohibió que nos besásemos
a la luz del día, pero a cambio nos permite que nos besemos amandonos a la luz de la luna…

































